portal Ñoño

Yo, Cthulhu

Título alternativo:

¿Qué hace una cosa como yo, con tentáculos en la cara, en una ciudad sumergida como ésta? (Latitud 47 ° 9’ S, Longitud 126 ° 43’ O)

un cuento de Neil Gaiman

Cthulhu, me llaman. El Gran Cthulhu. Nadie nunca lo pronuncia bien. ¿Lo estás escribiendo? ¿Cada palabra? Bien. ¿Dónde comienzo — mm?

Bien, entonces. El inicio. Escribe esto, Whateley:

Fui engendrado incontables eones atrás, en las oscuras nieblas de Khaa’yngnaiih (no, claro que no sé como se deletrea. Escríbelo como suena), por padres de pesadilla sin nombre, bajo una luna poco iluminada. No era la luna de este planeta, eso es seguro, era una luna de verdad.

Algunas noches llenaba la mitad del cielo y mientras se levantaba, veías como goteaba y se extendía la sangre carmesí de su cara hinchada, manchándola roja, hasta que a su máxima altura, bañaba los pantanos y torres en una sangrienta y muerta luz roja.

Esos eran buenos días. O más bien, noches, totalmente. Nuestro hogar tenía una especie de sol, pero era viejo incluso entonces. Recuerdo que la noche que explotó finalmente, todos nos arrastramos a la playa para ver. Pero me estoy adelantando mucho.

Nunca conocí a mis padres. Mi padre fue consumido por mi madre tan pronto como la fertilizó, y ella, en turno, fue consumida por mí al nacer. Esa es mi primera memoria. Arrastrarme hacia afuera de mi madre, su putrefacto sabor aún está en mis tentáculos.

No te espantes tanto, Whateley. Encuentro a ustedes, los humanos, igual de asquerosos. Lo que me recuerda, ¿se acordaron de alimentar al Shoggoth? Creo que lo oí gimiendo.

Pasé mis primeros miles de años en esos pantanos. No me gustaba, pero yo era del color de una trucha joven y medía como cuatro pies humanos de largo. Pasaba la mayoría del tiempo acechando cosas y devorándolas, y a su vez, evitando ser acechado y devorado.

Así pasó mi juventud. Entonces, un día – creo que era un Martes — descubrí que había más en la vida que comer. (¿Sexo? Claro que no, no alcanzaré esa etapa hasta mi próxima estivación, pero tu pequeño y patético planeta estará frío para entonces). Fue ese Martes que mi tío Hastur se arrastró hasta mi parte del pantano, con sus mandíbulas fusionadas. Eso significaba que no quería cenar esa noche, y que quería que habláramos.

Eso es una pregunta estúpida, incluso para tí, Whateley. No uso ninguna de mis bocas para comunicarme contigo, ¿o sí? Muy bien. Una pregunta más como esa y encontraré alguien más a quién relatarle mis memorias. Y tú vas a alimentar al Shoggoth.

Vamos a salir, me dijo Hastur. ¿Quieres venir?

¿Vamos? Le pregunté. ¿Quienes?

Yo Cthulhu, dijo, Azathoth, Yog-sothoth, Nyarlathotep, Tsathogghua, Ia! Shub-Niggurath, el joven Yuggoth y unos cuantos más. Tú sabes, él dijo, los muchachos.

(estoy traduciendo abiertamente para tí, Whateley, tú me entiendes. Algunos de ellos eran a-, bi-, o trisexuales, y la vieja Ia! Shub Niggurath tiene al menos mil crías, o eso dice. Esa rama de la familia siempre se la vive exagerando). Vamos a salir, concluyó, y nos preguntábamos si querías algo de diversión.

No le respondí de inmediato. Para ser franco, no me agradan mucho mis primos, por alguna distorsión particularmente extraña, siempre he tenido un gran problema para verlos con claridad. Tienden a volverse borrosos en las orillas, y algunos de ellos -Sabaoth es todo un caso – tienen muchas, muchas orillas.

Pero yo era joven y quería diversión. “¡Tiene qué haber algo más en la vida que esto!”, lloraba mientras las deliciosamente fétidas pestes del pantano se arremolinaban a mi alrededor, y sobre mí los ngau-ngau y los zitadors volaban y revoloteaban. Dije que sí, como tal vez hayas adivinado, y me arrastré tras Hastur.

Recuerdo que pasamos la siguiente luna discutiendo a donde íbamos a ir. Azathoth tenía sus corazones enfocados en el distante Shaggai, y Nyarlathotep tenía algo respecto al Lugar Innombrable (no puedo, ni siquiera por mi vida, pensar porqué. La última vez que fui, todo estaba cerrado). Todo me daba igual, Whateley. Cualquier lugar húmedo y de alguna forma, sutilmente erróneo, y me sentía en casa. Pero Yog-sothoth tuvo la última palabra, como siempre, y venimos a este plano.

¿Has conocido a Yog-sothoth? No, verdad. Mi pequeña bestia de dos patas. Así lo pensé. Él nos abrió la puerta para que pudiéramos pasar.

Para ser honesto, no pensé mucho en ello. Todavía no lo hago. Si hubiera sabido el problema en el que nos íbamos a meter, dudo que me hubiera molestado. Pero era joven.

Recuerdo que nuestra primera parada fue la oscura Carcosa. Hizo que me cagara del susto, ese maldito lugar. Estos días puedo ver a tu gente sin sentir escalofríos; pero su gente, sin una escama o pseudópodo entre ellos, me asusta.

La primera persona con quien me llevé bien fue el Rey en Amarillo. El rey de harapos. ¿No lo conoces? Página setecientos cuatro del Necronomicón (la edición completa), ahí habla de su existencia, y creo que ese idiota de Prinn lo menciona en el De Vermis Mysteriis. Y también está Chambers, por supuesto. Un tipo adorable, una vez que me acostumbré a él. Él fue el primero que me dio la idea.

¿Qué innombrables demonios se hace en esta horrible dimensión? Le pregunté.

Se rió. Cuando vine por primera vez aquí, dijo, un mero color salido del espacio, me pregunté lo mismo. Entonces descubrí qué tan divertido es conquistar estos mundos raros, subyugar a sus habitantes, hacerlos temerte y adorarte. Es hilarante. Por supuesto, a los Antiguos no les agrada.

¿Los antiguos? Pregunté.

No, dijo, los Antiguos. Con Mayúscula. Tipos divertidos. Como barriles con cabeza de estrella de mar y alas escamosas que usan para volar en el espacio.

¿Volar por el espacio? ¿Volar? Estaba sorprendido. No pensé que nadie en estos días volara. ¿Para qué molestarse cuando puedes babear? Puedo ver porqué les llamaban antiguos. Perdón, Antiguos.

¿Y qué hacen estos Antiguos? le pregunté al Rey

(te diré acerca de babear después, Whateley. Algo inútil, de todos modos. Te falta el wnaisngh’ang. Aunque igual puede funcionar un equipo de bádminton). (¿Dónde estaba? Oh, sí).

¿Qué hacen estos Antiguos?, le pregunté al Rey.

No mucho, explicó. Solo que no les gusta que alguien más lo haga.

Me undulé, moviendo mis tentáculos como si quisiera decir “he conocido a esos seres en su momento”, pero creo que el mensaje no le llegó al Rey.

¿Conoces algún lugar bueno para conquistar? Le pregunté.

Movió su mano en dirección de un pequeño montón de estrellas, apenas iluminado. Ahí hay uno que tal vez te guste, me dijo. Se llama Tierra. Algo apartado del camino, pero con mucho espacio para moverse. Maldito tonto.

Es todo por hoy, Whateley. Mientras sales, dile a alguien que le dé de comer al Shoggoth.

¿Ya es tiempo otra vez, Whateley?

No seas torpe. Sabes que envié por ti. Mi memoria es tan buena como siempre ha sido.

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fthagn. ¿Sabes qué significa, no?

En su casa de R’lyeh, el muerto Cthulhu aguarda dormido.

Una exageración justificada; no me he sentido muy bien recientemente.

Fue un chiste, uni-céfalo, un chiste. ¿Estás escribiendo esto? Bien. Sigue escribiendo. Ya sé donde me quedé ayer.

R’lyeh. La Tierra.

Es un ejemplo de la forma en que los lenguajes cambian, los significados de las palabras. Estática. No lo soporto. Una vez R’lyeh fue la Tierra o al menos, la parte de ella que yo gobernaba, todo lo mojado. Ahora solo tengo mi casita aquí, latitud 47° 9′ sur, longitud 126° 43′ oeste.

O los Antiguos. Nos llaman los Antiguos ahora. O los Grandes Antiguos, como si no hubiera diferencia entre nosotros y los chicos barril.

Estática.

Cuando vine a la Tierra, era mucho más húmeda que hoy. Era un maravilloso lugar, con mares ricos como sopa y me empecé a llevar maravillosamente con la gente.

Dagon y los muchachos (uso la palabra literalmente esta vez). Todos nosotros vivíamos en el agua, en esos tiempos remotos, y antes de que pudieras decir Cthulhu f’thagn, ya los tenía trabajando, construyendo y cocinando. Y siendo cocinados, por supuesto. Lo que me recuerda, hay algo que te quería decir. Una historia real.

Había un barco que navegaba en el mar. Era un viaje pacífico. Y en la nave había un mago, un hechicero cuya función era entretener a los pasajeros, y también había un loro en la nave. Cada vez que el mago hacía un truco, el perico lo arruinaba. ¿Cómo? Decía como lo había hecho, así lo arruinaba. “Escondido en la manga”, chillaba el perico, o “la baraja está acomodada” o “tiene un fondo falso”. Y al mago no le gustaba.

Finalmente, llegó el tiempo de que hiciera su mayor truco. Lo anunció. Se acomodó las mangas. Movió los brazos. Y en ese momento, la nave chocó y se volcó hacia un lado.

La Hundida R’lyeh había aparecido bajo ellos. Hordas de mis sirvientes, atroces hombres-pez, salieron de los costados, atraparon a los pasajeros y la tripulación, y los arrastraron bajo las olas.

Luego R’lyeh se hundió bajo el agua otra vez, esperando el tiempo para que el terrible Cthulhu se levantara y reinara de nuevo.

Solitario sobre las aguas estaba el mago – mis pequeños batracios lo olvidaron, algo por lo que pagaron muy caro – flotaba agarrándose de un tronco. Y entonces, arriba de él vio una pequeña figura verde, que descendió y finalmente se posó sobre un pedazo de madera flotante. Y vio que era el loro. El perico movió su cabeza a un lado y le guiñó el ojo al mago.

“De acuerdo,” dijo, “Me rindo. ¿Cómo lo hiciste?”

Claro que es una historia real, Whateley.

¿Crees que el oscuro Cthulhu, quien salió de las estrellas oscuras cuando tus más bizarras pesadillas aún succionaban las pseudomamas de sus madres, que espera por el tiempo en que las estrellas se alineen para salir de su palacio, reviva a los creyentes y reclame su reino, que busca enseñar de nuevo los enormes y lascivos placeres de la muerte y la destrucción, te mentiría?

Claro que lo haría.

Cállate, Whateley, que estoy hablando. No me importa donde lo oíste antes.

Nos divertíamos en esos días, matanza y destrucción, sacrificio y perdición, podredumbre y baba y lodo, y juegos atroces sin nombre. Comida y diversión. Era una fiesta larga, y todos la amaban con excepción de los que acababan empalados en estacas de madera entre un pedazo de queso y una piña.

Oh, en esos días había gigantes en la Tierra. Pero no iba a durar por siempre.

Vinieron de los cielos, con sus alas de insecto, y reglas y regulaciones, y rutinas y Dho-Hna sepa cuantas formas para ser llenadas a la quinta potencia. Pequeños y banales burócratas, todos ellos. Podías darte cuenta solo con verlos: Cabezas de cinco puntas. Cada uno tenía cinco puntas, brazos o lo que sea en sus cabezas (que quiero añadir, estaban siempre en el mismo lugar). Ninguno de ellos tenía la imaginación para crecer tres brazos o seis, o ciento dos. Cinco, todo el tiempo.

No nos acostumbramos. No les gustó mi fiesta. Le gritaron a las paredes (metafóricamente). No les pusimos atención. Entonces se enojaron. Discutimos. Puteamos. Peleamos.

Okay, les dijimos, quieres el mar, quédate el mar. Cerrado, almacenado y barril con cabeza de estrella de mar. Nos movimos a la tierra – era muy pantanosa y oscura entonces – y construimos monolitos gigantes que empequeñecían a las montañas.

¿Sabes qué mató a los dinosaurios, Whateley? Nosotros. En un solo asado.

Pero esos aguafiestas de cabeza puntiaguda no nos dejaban en paz. Intentaron mover el planeta más cerca del sol – ¿o era más lejos?  – Nunca les pregunté, de hecho. Lo siguiente que sabía, era que estábamos bajo el mar otra vez.

Te tenías que reír.

La ciudad de los Antiguos se jodió hasta el cuello. Odiaban lo seco y frío, al igual que sus hijos. De pronto estaban en la antártica, secos como huesos y fríos como las planicies perdidas de la tres veces maldita Leng.

Y aquí acaba vuestra lección de hoy, Whateley. ¿Y por favor, podrías decirle a alguien que alimente a ese mugroso Shoggoth?

ilustración Cthulhu

(Los profesores Armitage y Wilmarth están convencidos de que faltan no menos de tres páginas de este manuscrito a partir de este punto, citando el texto y longitud. Estoy de acuerdo).

Las estrellas cambiaron, Whateley. Imagínate que te separan el cuerpo de la cabeza, dejándote como una masa de carne sobre una fría mesa de mármol, parpadeando y ahogándote. Así se sentía. Se acabó la fiesta. Nos mató.

Por eso estamos acá abajo. ¿Maldito, eh? Me siento aquí, muerto y soñando, viendo los imperios de hormigas de los hombres levantarse y caer, erigirse y desmoronarse.

Algún día – tal vez mañana, tal vez en muchas más mañanas de las que tu pequeña mente pueda comprender – las estrellas estarán alineadas en los cielos y el tiempo de destrucción llegará de nuevo: me levantaré del mar y tendré dominio sobre el mundo una vez más.

Disturbios y rebelión, comida sangrienta y actos desagradables, un crepúsculo eterno y pesadillas, y los gritos de los muertos y los no tan muertos,  y los cánticos de los creyentes.

¿Y después? Abandonaré este plano, cuando este mundo sea una bola de hielo orbitando un sol sin luz. Regresaré a mi casa, donde la sangre cae cada noche de la cara de una luna que está hinchada como el ojo de un marino ahogado, y estivaré.

Entonces me aparearé, y al final sentiré un movimiento en mi interior, sentiré a mi hijo comiéndome para salir hacia la luz. Um.

¿Estás escribiendo esto, Whateley? Bien.

Bueno, eso es todo. El fin. La narración esta concluida. ¿Adivina qué vamos a hacer ahora?

Así es. Vamos a alimentar al Shoggoth.

¿Te gustó esta entrada? Entonces suscríbete a nuestra lista de correos. Escríbenos al whatsapp con el título “suscribir”, más tu nombre y mail.


Salir de la versión móvil